Pauta Global

Un blog sobre Economía Política Internacional

El líder y el interés nacional

 

REUTERS/Kevin Lamarque

 

Es líder aquel que pretende cambiar algo. Sobresale entre sus pares, crítica lo viejo, aspira a lo nuevo, pretende desmantelar sistemas, o al menos algo en él. Tiene espíritu revolucionario y objetivos que lo llevan a pensar en el llamado ¨interés nacional¨.

El poder y el prestigio son parte fundamental de esa lista de objetivos, enmascarados por  discursos de bienestar común y progreso social. Esto no significa que no haya líderes verdaderamente comprometidos con el cambio, pero en todos los casos el poder y el prestigio son acompañantes intrínsecos de sus personalidades.

Normalmente los ciudadanos tienden a desconfiar de los objetivos directos de poder o ambiciones personales del líder. Sin embargo, en pos del interés nacional estarán dispuestos a llevar a cabo algunos sacrificios.

 

Puede definirse como interés nacional aquello que más se aproxima al interés de la mayoría. Sin embargo definir el interés de la mayoría no parece asunto sencillo. En cada Estado se constata la multiplicación de intereses particulares, totalmente contradictorios. El vinicultor de Francia desearía que se establecieran más barreras a los vinos italianos, en cuanto el exportador que tiene un gran mercado en Italia, rechazaría tal pedido pues temería represalias italianas sobre sus productos. El productor tiene necesidad de protección aduanera, ya el consumidor aboga por el libre comercio para la reducción de precios. Hablar de interés nacional se trata pues, de saber qué grupos privilegiaremos y cuales sacrificaremos.[1]

 

El sacrificio es relativamente bien aceptado por los ciudadanos cuando el Estado es capaz de proporcionar seguridad y luego promesas de potencia. El catedrático francés, Jean Baptiste Duroselle, se refiere a dos tipos de seguridad: la relativa y la absoluta. La primera consiste consiste en alianzas o acciones que son capaces de asegurar la independencia y la integridad territorial, con el riesgo de alguna guerra defensiva. La segunda, bastante rara, y el ideal de todos los Estados, consiste en sentirse a salvo no apenas de la amputación territorial o de la pérdida de independencia, como también de cualquier ataque o guerra indeseada. Estados Unidos vivió en tal situación desde 1814 hasta 1914, por lo menos.

Por otro lado, las promesas de potencia suponen riqueza. Algo que cambiará la vida de los grupos sociales en al menos dos aspectos. En el aumento de bienes y calidad de vida, pero principalmente como soporte de poder. Con riqueza se adquirirán armamentos, financiará ciencia e investigación, comprará aliados e incluso políticos.

Una vez lograda la seguridad y la potencia, el líder deberá evaluar nuevos emprendimientos: conquistas, anexión de territorios, recursos naturales o guerras inventadas.

Todo sobre un increíble ardor revolucionario, patriótico y con el apoyo y la aceptación de nuevos sacrificios. Durante algún tiempo, el líder y su pueblo pensarán que es esencial que otras sociedades piensen como él. Entonces comienza la lenta erosión, la catástrofe, tendencia natural del hombre y sus ambiciones, resultado de la gula: la caída de los imperios.

 


[1] Duroselle, Jean Baptiste. Tout empire périra.

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Esta entrada fue publicada en enero 27, 2012 por en Análisis y etiquetada con .
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