Pauta Global

Un blog sobre Economía Política Internacional

Orden y/o desorden mundial

GM pgs10-11 (j.mangin)

 

El realismo y su versión neo, de tradición hobbesiana, entienden que el sistema internacional está regido por la anarquía, en el sentido de la ausencia de autoridades supranacionales internacionales; en donde el conflicto entre los Estados es permanente y los intereses de cada uno excluyen necesariamente a los otros. El orden en el sistema internacional está condicionado por la “prudencia” y la “conveniencia” de los Estados; no existen restricciones morales o legales, en donde incluso los tratados no se respetan si no fuere conveniente.

Según la tradición kantiana, madre del idealismo de los primeros años de las Relaciones Internacionales y que influenció varias corrientes como el constructivismo por ejemplo, es posible encarar la cuestión del orden internacional, desde la construcción (de ahí el nombre de esa corriente) de ideas, ideales e identidades que permitan el nacimiento de instituciones que ordenen el sistema internacional. La tradición kantiana o universalista confía más en el supuesto interés común universal del hombre (y su moralidad), por lo que la cuestión del orden internacional estaría dada a través del ejercicio cooperativo entre los países.

Por otro lado, según la tradición grociana o internacionalista, no puede pensarse el sistema internacional desde los individuos como sugiere Kant, porque los agentes no son personas y sí Estados, que están delimitados por reglas e instituciones y que deben aceptar exigencias de coexistencia y cooperación, es decir no valen tampoco sólo la prudencia y la conveniencia que predicaba Hobbes. En este sentido, el orden internacional se define por premisas que se sitúan entre la tradición kantiana y la hobbesiana.

Las dificultades de pensar el orden y la justicia (o la falta de ella) en el sistema internacional, nos llevan inevitablemente a reflexionar sobre la economía política internacional.

Evidentemente existen fallas en los mecanismos de coordinación entre los Estados y las organizaciones internacionales (OIGs) que deberían propiciar coherencia y beneficios equitativos para todos. La responsabilidad recae en grueso sobre las potencias, pero también es de las OIGs y de los países emergentes.

Para Ocampo (2010)[1] resulta obvio que las oportunidades de crecimiento económico se ven seriamente afectadas por la jerarquía internacional. Las causas que identifica son: (1) la vulnerabilidad macroeconómica de los países en desarrollo a los shock externos, (2) la alta concentración de ciencia y tecnología en manos de la potencias – cuya transferencia es cara y precaria –,  a lo que agrego las presiones para el no desarrollo tecnológico propio sumado a la difícil cuestión de la propiedad intelectual y (3) el contraste entre la alta movilidad de capital y las fuertes restricciones de la mano de obra, características del actual proceso de globalización.

En este último punto (3) sumo una observación. Debemos tener en cuenta que la divergencia entre la volatilidad, la movilidad del capital y la fuerza de trabajo dislocada[2] también resultan en una maldición – por decirlo a modo de titular amarillista – para las potencias, quienes pierden polos industriales nacionales, aumentando la tasa de desempleo pero no la de consumo, lo que deriva en el aumento de la deuda de los ciudadanos, en malestar y demandas sociales.

Volviendo al orden internacional, el llamado a tener “responsabilidades comunes pero diferenciadas” que tuvo lugar por primera vez en el Earth Summit de Rio de Janeiro de 1992 pedía justamente que el orden internacional fuera (más) nivelado.

Aqui, Ocampo (2010) advierte que el enorme poder de las potencias y de las grandes corporaciones internacionales es también consecuencia de la desorganización de los países emergentes. El regionalismo por ellos llevado adelante, tampoco tuvo – hasta ahora – efectos profundos, ni lazos fuertes, ni compromisos ejemplares. Lo que revela a mi entender, el incipiente intento de la periferia hacia mejores tiempos y la fragilidad de estos primeros pasos.

Por otra parte, sólo los gobiernos autónomos pueden promover democracia y justicia a nivel global y en este punto debo resaltar que el orden internacional debe necesariamente respetar la diversidad y la soberanía nacional.

Entre los mayores desafíos repito el de la creación, manutención y promoción de instituciones fuertes basadas en redes nacionales y regionales que igualen la participación de los países en desarrollo con la de los desarrollados.

En este sentido, entiendo que el orden internacional varía entre el conflicto y la cooperación, es fruto de la interacción entre los agentes. No sólo Estados, sino otros actores como partidos políticos, OIGs y ONGs, y fuerzas de mercado como las todopoderosas corporaciones internacionales, las sociedades civiles nacionales, los líderes y personalidades mundiales, etc.

Orden y/o desorden, que puede ser modificado si necesario (como todo a lo largo de la historia), pero que para mejor distribución requiere del diálogo y la acción de los países en desarrollo y de la periferia como un todo.

Tarea difícil, si las hay.

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[1] OCAMPO, José Antonio. Rethinking Global Economic and Social Governance. Journal of Globalization and Development, Volume 1, Issue 1, Article 6, Columbia University. The Berkeley Electronic Press, 2010.

[2] Empresas que tienen sus talleres en países en donde el costo de la mano de obra, de producción y de impuesto son varias veces más baratas que en el país de origen.

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Esta entrada fue publicada en enero 19, 2015 por en Análisis y etiquetada con , , , , , , , , , , .
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